lunes, 26 de marzo de 2012

El imperio del flash naciente

        No, no voy a hablar de Japón, ni de los japoneses, o por lo menos no sólo de ellos. Hace mucho que no tienen la exclusiva de la obsesión fotográfica. Más que nunca, somos presa de una desesperada necesidad de dejar constancia, hacer registro, levantar acta de cada uno de nuestros movimientos por el mundo. No de hacer la foto que nos asalta de repente, o esa otra que cazamos nosotros tras acecharla un buen rato, o a veces varios días. No, eso no. Se trata de hacer diez fotos de cada puta piedra que vemos, de cada amanecer, puesta de sol, cafetería típica, estación de tren, fiesta o concierto por el que pasemos. Cumpleaños infantil (ay, si Dante los hubiera conocido antes de describir el infierno…), doscientas fotos. Fin de semana en balneario, trescientas. Puente largo en la costa o casita rural, quinientas. De los cruceros, viajes de una semana o lunas de miel, mejor ni hablamos, porque ahí ya nos lanzamos a las cercanías del millar. Desde luego, tiene que ver con la facilidad de las cámaras digitales, claro, pero también con esta tontuna tan comentada de las redes sociales, de la vida contada en tiempo real, sin procesar, sin digerir y, perdónenme la leve exageración, sin vivir. Y es que sabemos bien que todo lo que nos pasa no está igual de vivido, pero en este tiempo todo, absolutamente todo, está igual de contado, documentado, compartido. ¿Cómo saber entonces qué importaba y qué no? ¿Dónde estuvimos realmente y por dónde sólo pasamos? ¿Qué nos dejó algún poso, algún desafío o pregunta, y qué resbaló por el teflón de nuestra sensibilidad sobreestimulada? No hablo ya de esa tontería de ser viajero o ser turista. Todos somos turistas, sin excepción, a estas alturas. Pero ser turista no tiene que significar, necesariamente,  ser gilipollas, aunque a veces pueda parecerlo. 

Aunque ahora algunos no pueden permitírselo –quizá antes tampoco, pero no lo sabían- , eso no cambia sus deseos y expectativas: muchos, muchas veces, quieren viajar por “haber viajado”, como muchísima gente lee (lo dice, no recuerdo dónde, Prieto de Paula, como siempre sabiamente) por “haber leído” y,  sacrilegio sin par, los hay que follan por “haber follado”. Como si la vida fuera una gymkana de gilipollez donde ir poniendo cruces en las pruebas superadas. De ahí que se nos estén llenando los suplementos literarios y las librerías de escritores que no quieren escribir, sino ser escritores, haber escrito.  Lo de menos es el disfrute del momento, la dificultad, el proceso, el vértigo. Lo importante es la foto de después, la entrevista, la promoción, el twitter de los cojones. Pero volvamos a los viajes. Unos ejemplillos de esta tontería que os cuento. Es posible escuchar (juro que lo he oído) a quien, en Roma, ¡en Roma!, decidió no bajar del barco en un crucero, “porque ya había estado”. O a quien te mira mal si dices que en tus visitas a Nueva York nunca fuiste a las torres gemelas, o en París a Versalles, y  te mira desde la atalaya de su superioridad, de regreso de un viaje extenuante donde en tres días no dejó nada por marcar, donde reprodujo fielmente en su cámara digital la guía/lista de tareas, y te mira pensando,” ¿y qué coño hiciste tantos días? “, “vaya pérdida de tiempo y dinero”.  Lo curioso es que esa desfachatez toca también a algunos de los que se dicen ”alerta contra la masa y sus hábitos”, de modo que siempre, curiosamente, encuentran un momento mágico o especial donde se supone que debían encontrarlo. La puesta de sol en la playa de Bolonia (que sí, que es cojonuda, quién lo duda), la noche en el desierto, ese restaurante o café decadente que en las guías o en las webs garantiza el atisbo pintoresco, la sensación “auténtica”.  Sin pensar que ya lo llevábamos puesto, el momento mágico, o sería muy raro que nos esperara justo, para nuestra conveniencia, en esas tres horitas que nos quedaban antes de seguir la gymkana.  Que sólo faltaba una muchacha con sombrero y un cartel con flecha que dijera “Momentos mágicos ”.  Un puesto con “Souvenirs de su momento mágico”.  “Audioguía de su momento mágico”. Se da el caso de alguien que tuvo que ir al baño y se perdió su momento mágico porque ya había que poner en el GPSla dirección del restaurante decadente. 

Y ahora les tengo que dejar, que van a hacerme unas fotos unas chicas muy guapas y muy listas de Saitama porque quieren documentar que han visto al Cascarrabias Típico que sale en sus guías de viaje. Voy a ensayar mi mejor sonrisa, una que pueda disimular mi frustración y acritud inabarcables: es la que ya todos conocen como Sonrisa Javier Arenas. Verás cuánto tardo en llenar Facebook y Mixi.

jueves, 15 de marzo de 2012

Breviario de primavera 2012

1.       Ya, ya sé que la primavera no ha llegado, y que la ola de frío Cospedal tiene pinta de durar todavía bastante… pero a mí me hace falta que sea primavera, estamos a 18 grados, y este es mi puto blog, así que este es el breviario de primavera 2012.

2.       Cheesy fool, digo Fresy Pool, digo Twitty Cool o como se llame… todavía no es bestseller internacional, ni Antonio B, o Ibrahim Jiménez, o como se llame ha desbancado a Kate Morton  en la lista de novelistas multimillonarios y multifotografiados (y no sólo porque ella dé mejor en las fotos, con su pinta de mojigatilla saludable)… no, no lo ha conseguido todavía, pero… seguiremos informando.

3.       Debo adelantarme a las críticas y defenderme por adelantado, como hacen los nuevos narradores . Es que yo quiero ser uno de ellos cuando rejuvenezca: no, no los he leído, ni a Morton, ni a Fresy (en una librería, cómodamente, leí unas quince páginas y desistí) ni, de momento, tengo intención. Pero, como te digo una co te digo la o, si alguien fiable me convence de lo contrario, lo haré. Ya dijo Daniele Silvestri, “so´testardo, ma mica so´coione”.

4.       Desapareció Público, que sí, que era necesario, pero que, no olvidemos, era una empresa y como tal ha actuado desde el primer día hasta el último. El romanticismo queda para algunos de sus trabajadores y lectores, pero Público era/es una empresa, no un servicio público. Es que, a veces, parecía lo contrario, oyendo las conversaciones de bar, los debates radiofónicos y leyendo algunos textos del tipo “Todos somos Público” o “Salvemos Público”, como si de salvar a las ballenas o al lince se tratara.  Yo me sorprendí a mí mismo comprándolo mucho más que antes  para “ayudar”, como una colaboración con una ONG, y un poco culpable por no haberlo comprado lo suficiente cuando aún no agonizaba. No es solo que no tenga criterio, que no lo tengo, es que además el poco que tengo se tambalea en cuanto asoma la culpabilidad inducida.  Por otro lado, dejando la obviedad de que ahora hay menos pluralidad en el quiosco, que se escora aún más a la derecha (se han visto quioscos tan inclinados que empiezan a usar anclas en el otro lado para no volcarse), Público nos permitió leer algunos textos brillantes de Orejudo, de Reig (antes de invitarlo a salir: ya digo que era una empresa), de Isaac Rosa; pero también le dio una columna a Luna Miguel y otra a Arturo González, por poner solo dos casos de algunos de los textos más lamentables leídos en prensa en mucho tiempo. Y en el caso de Luna Miguel, por edad, es mucho más culpa del periódico que de ella.

5.       Hay un verdadero tumulto en Polonia, la República Checa, Rumanía e, incluso, un principio de movimiento en Vietnam y Laos, porque los trabajadores temen a la deslocalización de empresas que se mudarán a España, atraídas por las nuevas condiciones creadas por la Reforma Laboral. En paralelo, ha aumentado el volumen de negocio en tiendas de encuadernación, porque los trabajadores están encuadernando en masa los convenios colectivos y las sentencias de despido improcedente, convertidos ya en piezas de colección, en daguerrotipos de una época sellada en la memoria.

6.       Como no estoy de humor, ni tengo tiempo para cambiar de estado, este breviario, y quizá alguna de las próximas entradas, violarán sin pudor las normas no escritas de Regardé: si no tienes ni idea, por lo menos no te tomes en serio, o como diría mi amigo Santi, “si no conoces, no te pares”. Estoy pensando hasta en poner poemas… pero no se asusten, no creo que llegue la sangre al río, que bastante tiene ya el mundo con la mierda que inunda las librerías y los suplementos literarios. ¿O no? ¿No hace falta un buen camión de mierda para que las flores – que las hay, también bastantes- se disfruten en todo su esplendor? Ahí les dejo, dándole vueltas a tan novedosa y fulgurante apreciación… Preocupín Perogrullo, siempre a su servicio. 



e so' tenace

perché alla gente piace

ma è evidente

che con un coltello

mi puoi fa' cambia' opinione

aho, so' testardo

ma mica so' cojone

martes, 21 de febrero de 2012

Cheesy fool

Cuentan de un duque que un día, tan pobre y mísero estaba, que solo se sustentaba, de los congresos que hacía… pero no, no vamos a hablar de él…

Cuando toda España está pendiente de los implantes de Belén Esteban, de la reforma laboral que nos han asestado por la espalda, de controlar al enemigo (los niños de 12 años de Valencia: habría que revisar aquel dicho futbolero que aseguraba que “no hay enemigo pequeño”) y, básicamente, de cómo coño pagar la reparación de la lavadora, el recibo del comedor o el seguro del coche…hay un grupo de mentes preclaras lanzando cuchillos virtuales de blog en blog a cuenta de quién es más moderno, quién más reaccionario, quién lleva mejor los pantalones de pitillo o quién no ha follado todavía lo suficiente para llamarse escritor.

Tanto las editoriales como las revistas donde los “nuevos narradores” son promocionados a conciencia deben de estar felices. Autores que, de otro modo, pasarían sin pena ni gloria, consiguen su parcelita de popularidad que, así, minimizará su seguro fracaso comercial. Porque, seamos claros, a la gente, al común, a la masa de lectores, estos modernillos no le gustan. Son demasiado “experimentales” (permítaseme malbaratar aquí ese adjetivo, luego precisaremos), demasiado raros, demasiado aburridos, y ni poniéndoles pinta de cantantes pop y creándoles un personaje van a vender más de mil ejemplares (soy generoso, no lo puedo evitar). Pero resulta que esa es su única baza, porque los otros lectores, los exigentes, los valientes, los pacientes, los culturetas, tampoco los tragan. Igual porque antes de leer sus “irritantes” y autocomplacientes “experimentos” habían leído a Torrente, a Benet, a Goytisolo, a Beckett, a Joyce, a Barthelme, Barth,  a Foster Wallace. Y ¿cómo llamar revolucionaria, rupturista, experimental, a una de esas novelas casi 100 años después de Tarr, 90 años después del Ulises, 70 después de Finnegans Wake, 50 después de Molloy, 40 después del Conde Don Julián…?

Dichas todas esas obviedades, no sería justo dejarlo a medias… entre los que los despedazan hay, a veces, una saña innecesaria. Jóvenes que creían descubrir el Mediterráneo ha habido siempre, y sus poemas, canciones y novelas eran, mayoritariamente, una puta mierda: hace treinta años como hace diez. De entre esos, algunos eran “descubiertos”, vendidos y comentados durante un tiempo, y al poco se olvidaban, quedando una mínima porción –afortunada, claro, siempre quedará la duda de cuántos buenos libros han quedado en un cajón-  de los que realmente iban en serio y tenían algo que decir. La diferencia, se me dirá, es que hay un nuevo escritor de moda cada semana, que cada cinco minutos se “vende” una nueva narrativa y que la generación que esta mañana era lo último, por la tarde ha quedado en reliquia antediluviana. Cierto, pero es que no podemos pretender que el “hecho literario” quede al margen del funcionamiento general de la industria cultural. Bueno, podemos, pero solo nos causará más frustración. O dicho de otro modo, que darles caña (aunque, claro, es tan tentador, se pasan tan buenos ratos…)es participar del mismo mecanismo que les ha dejado creer que son la leche, y quizá permitir que todos esos nombres resuenen por igual, lo que hará aún más difícil que se escuchen los dos o tres que, a la larga, puedan realmente merecer nuestra lectura. Que la vida es corta y uno no puede perderla en discusiones baldías por un trozo de tarta que es tan pequeño que da risa (los poetas saben de eso un rato), y mucho menos leyendo –para poder criticarlos con la conciencia tranquila, a diferencia de los que los alaban a sueldo en los medios sin leerlos,”que uno se vende pero no se flagela”- libros que pasarían desapercibidos si no hicieran presa en nuestra mala leche y que quizá nos estén privando de distinguir entre ellos la verdadera novedad. Y necesitamos además tiempo para preocuparnos del despido libre, de las tetas contaminadas de la Esteban y de esos peligrosos terroristas con cara de niña de trece años que toman nuestras calles pidiendo (¡nada menos! ¡habrase visto! ) más educación pública y menos fórmula 1.

lunes, 6 de febrero de 2012

Talk to the hand


La semana pasada, en un hito marcado ya a fuego sobre la historia de los medios de este país, alguien reconoció no saber nada de un tema y no tener una opinión formada sobre él. Como os lo cuento. Se trataba del antropólogo Manuel Delgado, colaborador habitual de La Ventana, en la Ser. Desde ahora, lo deberíamos llamar San Manuel, aunque eso nos traiga confusiones unamunianas que haya que capear, porque este hombre es un héroe, más aún, un superhéroe; no solo rara avis, un ave zancuda (referencia poética que solo unos happy few pichacortas sabrán apreciar: si de pájaros hablo...); un semidiós; una auténtica pieza de museo en todos los medios, audiovisuales o escritos, digitales o analógicos de este país. ¿Dijo “no sé”, “no tengo opinión” y no se acabó el mundo? ¡Lo hizo! Lo oyeron mis oídos y lo festejaron mis cinco neuronas (tengo otras cinco en barbecho, no me tomen por descerebrado). Por inaudito que sea, podría darse el caso de que cundiera el ejemplo. Por eso me he sentido en la obligación de dejar constancia del suceso,  con la esperanza de que pueda servir de espejo en el que mirarse para otros tertulianos. Por eso y también por si no vuelve a repetirse en mi -espero- todavía larga vida, como el paso del cometa Halley, que ya con seguridad no va a pillarme de pie.

No hablo de internet y los blogs, cuya misma esencia es el yoestoyaquinooshabíaisenteradocapulloshacedmecasoquesoyunputogenio. O sea, todo dios hablando de lo que no sabe. Eso sí, he observado que, en general los internautas se especializan en una ignorancia concreta. Así, pongamos por caso, alguien que no sabe mucho de literatura, menos aún de teoría o crítica literarias, se especializa en reseñas de libros, centrando su desconocimiento en un área que llega a desconocer con gran profundidad. Los que evitamos esa especialización somos pocos, procurando sumar a la desfachatez del desconocimiento el lucirlo ecuménico, despeinado y con chorreras. No puedo, ni quiero, evitar esta sensación de superioridad que proporciona la variedad y la amplitud, vastísima, de mis ignorancias, del mismo modo que se me levanta imperceptiblemente el mentón de orgullo al poder demostrar que, como decía un amigo hace años, soy polidiota: puedo ser gilipollas en varios idiomas. Mucho. Muy gilipollas.

Ahora bien, hay quien en internet SABE que no sabe, es consciente de estar opinando sobre un tema que no domina, que le supera y para el que cierta formación sería recomendable, pero, oye, entretiene, da gustito el opinionismo, sube la moral, y hay incluso quien puede encontrar un ligue, o, por lo menos, echar unas risas con gente majica.  Y luego están los que NO SABEN  que NO SABEN. Por eso dan tanta pena las discusiones enconadas, las pataletas, los pontificantes, y por eso un blog, un foro, los comentarios de un periódico, un puto feisbuk y demás artilugios nunca podrán estar a la altura de la amorosa felicidad de las discusiones de barra, donde las cañas, los vinos o los cafés engrasan cualquier pedantería, suavizan con un guiño cualquier boutade y nos devuelven nuestra propia caricatura de inmediato si nos hemos pasado de lapidarios y contundentes en algo que, después de todo, estamos muy lejos de saber con seguridad. Escrita, y sobre todo escrita a vuelapluma (hablo de de blogs donde se mantiene en general un gran nivel de discurso y casi siempre una educación intachable, islas en medio del océano de oligofrenia que es la Red), una opinión siempre parece más terminada de lo que querríamos, y solo el humor y una sabia gestión de las ignorancias salva los debates cibernéticos del patetismo y la estulticia de las tertulias televisivas y radiofónicas, cuando los salva.

     Habrá quien diga que me pongo crepuscular, nostálgico, y que en la realidad digital no hay ninguna cochambre que no estuviera ya en la analógica. Vendrá algún lectoespectador con flequillo a decir que soy un rancio, y seguramente tendrá razón. YO NO SOY MODERNO, que decía El sobrino del diablo. Ni quiero seeerlooooo  (qué pena que no sé colgar podcasts, si no, os la canto de verdad). Pero la verdad es que no es lo mismo que un erudito a la violeta opine en un bar que en la red, entre otras cosas porque luego no podemos obligarle a invitarnos a las cañas para compensarnos su onanismo intelectual. Y que conste que sé de lo que hablo. Que llevo muchas cañas pagadas...

lunes, 30 de enero de 2012

Iluminados 2.0

Ha tenido Esperanza una revelación, al estilo de la beata Emmerick, pero comiendo (nadie la acusará de histeria, ni de bulimia, ni anorexia, a Esperanza, digo, la otra era una recopilación viviente de enfermedades nerviosas): la salvación está en Las Vegas. Juego, dinero, barra libre de impuestos y, si fuera necesario (no lo dijo porque estaba delante Ana, que es muy sentida en asuntos de decoro), prostitución legal y con alfombra roja. 
Al día siguiente, algo defraudada por el escaso éxito de esa primera revelación, tuvo otra, que para eso los profetas tienen conexión directa con la divinidad y se les revela lo que les sale de los ovarios (o los cojones, en el caso más frecuente de profeta masculino), a demanda. La segunda revelación de Santa Esperanza ya la conocen ustedes: voluntarios para cubrir los servicios públicos. Qué locura esta de pagar bibliotecarios. Si los pobres quieren leer, que ellos mismos atiendan las bibliotecas públicas, joder, que es que lo quieren todo. Encima de que les traemos los casinos y las putas, nos vienen con que sus hijos tienen derecho a leer... 
         Solicito desde ahora mismo la beatificación de Esperanza, y que Mel Gibson haga una película con sus revelaciones, tal y como hizo con las de la beata alemana. Como le va la sangre (a Gibson, digo), que despedacen unos cuantos obreros, despellejen a los vagos de los profesores y quemen vivos a los niños que no alcancen la excelencia, o mejor, al estilo de la modesta proposición de Swift, que se los coman los parados y resolvemos dos problemas de una sola tacada.

Por último, como parece que para la divinidad, comer y revelar, todo es empezar, hoy leemos en El Mundo una "iluminación" de Arcadi Espada. A partir de un post muy interesante de un blog (que habla principalmente de la educación de adultos), el ínclito profeta llega a esta conclusión: "El colegio. Un dinosaurio costoso, infeliz e ineficiente." No quiero ni comentarlo, porque me pondría grosero, y porque hay gilipolluás que no merecen regarder. Eso sí, considero, en mi humildad, que si la Iglesia inicia el proceso para incluirlos en el santoral, el señor Espada y Esperanza deberían compartir altar, que estamos en tiempo de recortes y hay que beatificar y canonizar con moderación.

miércoles, 18 de enero de 2012

Esto no es la entrada de un blog

Ni un homenaje a Magritte. Ni el resultado de la fiebre del primer gran catarro del año (un servidor, con fiebre, piensa igual de mal que sin ella). Esto es solo una exclamación cibernética, un arqueo de cejas digital, un grito de estupor ante las cifras de ventas de libros que publica hoy ABC: lo más vendido en 2011, la dieta Dukan y el Indignaos, de Hessel. O, dicho de otra manera, los libros que más han comprado los españoles en 2011 son aquellos en los que, prácticamente, no hay nada que leer. Tres consejos, dos consignas, una tabla de calorías...el tiempo de tres telediarios, de dos programas de deportes de cuatro, de un bloque de publicidad de Tele5. 
 
Aún no he cerrado la boca, porque, cuando me disponía a darme un masaje para tratar de recuperar el movimiento de la mandíbula tras la lectura del titular, llegué al segundo párrafo de la noticia:
“... una bajada de las ventas del 4% y el descenso de la facturación, que se cifra en un 3%. No obstante, el precio medio de los libros se mantuvo alrededor de los 14,3 euros por ejemplar.”
   ¿Que los precios de casi todo han bajado por la crisis? ¿Que las promociones, rebajas, ofertas, regalos, oportunidades les parecen a la mayoría de comerciantes, productores y distribuidores de CASI TODO la mejor manera de combatir la caída del consumo y la pérdida de poder adquisitivo de buena parte de la población (acentuada por la superstición interesada de la lucha contra el déficit)? ¿Que esa parece ser la única manera de salvar las ventas? Eso es lo que parece dictar el sentido común, que ha invadido masivamente las tiendas y centros comerciales de este país. Pero no toda Hispania está ocupada: aún hay una pequeña región, rodeada de campamentos romanos, digo de tiendas con rebajas, que se resiste al invasor. Se trata de la aldea de Librix. Nadie ni nada les hará entrar en razón. Los precios, ni tocarlos. Será que tienen una pócima mágica, y algunos idiotas no nos hemos enterado. Igual compro la edición de lujo de la dieta Dukan, a ver si está ahí la receta.
  

martes, 10 de enero de 2012

Descargar o morir

              Dice Olmos en su última entrada una obviedad que necesita ser repetida de vez en cuando. La facilidad del acceso a la música, el cine y la literatura en la red acaba convirtiendo la escucha, el visionado o la lectura en secundarios respecto de la descarga. Algo así como un tío/una tía que dedicara todo el tiempo a ligar en los bares y conseguir los teléfonos y las cuentas de facebook de tantos tíos/tías follables como pudiera, sin encontrar el tiempo para acostarse con nadie porque está ocupado en conseguir más posibles polvos. Como de hecho les pasa a muchos en la vida analógica, lo esencial para el cibernauta no es follar , sino poder follar. La potencia sustituyendo al acto. Lo importante es descargar miles de canciones, no escucharlas.
              En Estados Unidos, donde hay incluso quien paga por descargar legalmente (lo prometo, se han dado casos, documentados  ante notario para los Santo-Tomás españoles que no dieran crédito), una muchacha puede recibir en su, pongamos, diecisiete cumpleaños tarjetas de regalo de tiendas online suficientes para acumular canciones que no tendrá tiempo de escuchar (al menos una vez, de escuchar discos enteros varias veces ni hablemos, eso sucedía en el paleolítico superior) antes de los treinta, suponiendo que dedique tres o cuatro horas diarias a escuchar música.

 Digo esto para que no parezca que trato de hablar de la piratería, la ley Sinde o las webs de descargas que tan buen negocio hacen de la “gratuidad” –dicen- de la cultura del futuro. No. No quiero hablar de eso. Pero es que, legal o ilegal, descargar se convierte en una actividad de ocio en sí misma, en la que se invierte el tiempo que teóricamente se podría dedicar a disfrutar de los discos, las películas y los libros descargados.  Y luego está el modo en que se escucha, mira o lee: la falta de pausa de la que ya hablamos aquí, la discreta o no tan discreta presión por la abrumadora oferta, la pulsión de lo más vendido a un solo clic, la devaluación de la experiencia, tan accesible y repetible,  la fragmentariedad. No se me malinterprete, soy nostálgico pero no “a lo Adorno : tengo lector electrónico, disco duro multimedia, aprecio la facilidad de compartir las cosas que disfruto con mis amigos y estoy abierto a dar con ciberpoesía que realmente valga la pena, aunque todavía no me haya sucedido. Ahora bien, estoy seguro de que la forma de leer o escuchar música cambia también desde el punto de vista psicológico y filosófico, no sólo desde el de su soporte, portabilidad o acceso.  A falta de que el libro de V.Luis Mora sobre el lecto-espectador me aclare las dudas, no tengo ni puta idea de adónde van los cambios, de cuáles son exactamente las diferencias entre mi lectura ahora y hace veinte años o entre la mía y la de un “nativo digital” (más allá de las evidentes, las motivadas por la edad, la experiencia o las lecturas previas): de la lectura antes y después del Kindkle, antes y después de las descargas en 30 segundos, antes y después de los blogs de reseñas y la publicidad selectiva en internet. En fin, que, como siempre, estoy en la oscuridad y sin visos de ver la luz. Eso sí, respecto al reparto de mi tiempo, salvo algún momento de debilidad o despiste, no tengo miedo. No me arrastrará la corriente digital más allá de lo necesario, y no por inteligencia, de la que nadie podrá acusarme. Estoy a salvo por puro hedonismo: es que donde se ponga leer, abandonarse a la música y follar, follar de verdad, que se quite todo lo demás.